El viajante preguntó al sol cuál era el camino más fácil, puesto que estaba en lo alto y desde allí debía verlo todo muy claro. No así, el sol no veía más que los caminos descampados que solo eran seguros durante el día y no en la noche, cuando se transformaban en tierra de nadie y quién sabe qué cosas sucedían. Entonces el viajante espero a la noche y preguntó a la luna, esperando que ella, también desde lo alto, viera el camino simple y se lo indicara. Pero la luna no podía ayudarle, puesto que conocía los mismos caminos pero solo cuando estaban oscuros, y no durante el día, cuando se convertían en tierra de nadie y quién sabe qué cosas sucedían.
El viajante tuvo que andar día y noche sin detenerse, asustado pero envuelto en el aire de la partida y ansioso de encontrar la paz en algún nuevo destino (inesperado).